El cerebro humano tarda en madurar

Imagen: Gordon Johnson / Pixabay

Una característica peculiar de los seres humanos es que, aunque nacemos con una cabeza de gran tamaño, tardamos en completar el crecimiento y desarrollo del encéfalo. A los dos años de edad alcanza el 85% de su volumen máximo, por lo que ha de seguir creciendo. Por otro lado, no todas sus áreas se desarrollan y maduran a la vez. La corteza cerebral, que es la parte más exterior, madura en último lugar. Y en ese proceso la proporción entre las denominadas materia gris y materia blanca cambia.

La materia gris corresponde a diferentes elementos: cuerpos neuronales y sus dendritas, que son prolongaciones ramificadas a través de las cuales una neurona recibe señales de otras; células de la glía, que dan soporte y protección a las anteriores; capilares sanguíneos, que proporcionan a neuronas y células gliales el oxígeno y los nutrientes que necesitan; y las conexiones entre neuronas, denominadas sinapsis. La materia gris se distribuye en la corteza del cerebro y del cerebelo, así como en numerosas estructuras de ubicación más profunda en el interior del encéfalo.

La materia blanca corresponde a los axones de las neuronas que se encuentran recubiertos por una sustancia lipídica denominada mielina. Un axón es una proyección de forma tubular que conducen señales nerviosas desde el cuerpo de una neurona hasta otras que pueden encontrarse a cierta distancia o hasta células musculares, principalmente. La vaina de mielina que recubre el axón lo aísla, y ayuda, de esa forma, a que los impulsos nerviosos se transmitan más rápida y eficazmente.

El volumen de materia gris de varias regiones de la corteza cerebral alcanza su máximo desarrollo alrededor de los 10 años de edad. Ese incremento refleja un aumento de las conexiones entre neuronas que se producen como consecuencia de la experiencia, el adiestramiento y el aprendizaje. Durante esos años, la actividad encefálica es tan intensa que llega a gastar un 60% de la energía que consume el organismo en reposo, y casi la mitad de las necesidades diarias totales de energía. Hay quienes atribuyen a ese gran consumo de energía el hecho de que el crecimiento del cuerpo durante la niñez sea lento y se prolongue en el tiempo.

A partir de los once o doce años las cosas cambian. El grosor de la materia gris de la corteza cerebral empieza a reducirse, y lo hace de forma sustancial durante la adolescencia. En algunas zonas esa reducción llega a ser del 17% hacia el final del proceso, unos 15 años después. Lo que ocurre, en parte, es que una cierta proporción de las conexiones sinápticas se “podan”, como se dice en la jerga neurocientífica. Esa poda elimina conexiones que no se usan o se usan poco y se mantienen las que más tráfico registran. A la vez aumenta la proporción de materia blanca. Eso es indicio de que los axones que conducen las señales se hacen más gruesos y que aumenta su grado de cobertura por la capa lipídica de mielina. El engrosamiento de los axones y el mayor grado de mielinización promueven una más rápida y eficaz transmisión de impulsos nerviosos y , por lo tanto, una comunicación más eficiente entre la corteza cerebral y el resto de áreas encefálicas. En definitiva: el cerebro funciona mejor.

La maduración de la corteza cerebral requiere tiempo y hace que la adolescencia sea un periodo difícil. Pero durante ese periodo la mente humana aprende a navegar en el complejo entorno social en que se desenvolverá en la edad adulta. La adolescencia puede entenderse así como el precio que paga por ese aprendizaje.

Nota:

Esta anotación es parte de una colección de tres artículos dedicados a la neuropsicología de la adolescencia. Los artículos son El desajuste adolescente, En busca de la identidad personal y El cerebro humano tarda en madurar.

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Sobre el autor: Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea) es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU

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