Telefon Hírmondó, el “abuelo” de Internet

He tratado este tema en otras ocasiones aquí en TecOb, pero nunca está de más recordarlo, más que nada porque me encanta. He aquí la versión para este blog del artículo que publiqué en la revista Historia de España y el Mundo, edición de abril de 2019.


El siglo XIX vio nacer las primeras redes de comunicaciones a gran escala que empleaban la tecnología como medio para mejorar la transmisión de información, las relaciones humanas y, cómo no, también crear nuevos problemas. Primero llegaron las redes de telegrafía óptica, más tarde reinó el telégrafo eléctrico y, finalmente, cuando el siglo llegaba a su fin, se vislumbraba algo maravilloso en el horizonte: la telegrafía sin hilos, esto es, la radio. Ahora bien, más allá de todo eso, cuando otro invento se extendía por el planeta, hubo quien soñó con ir más allá. Esa invención era el teléfono y la idea consistía en ofrecer contenidos a través de él, además de cierta capacidad de interacción con los mismos. Fue el Telefon Hírmondó, un genial experimento que podría considerarse, aunque fuere lejanamente por su enfoque, como el abuelo de Internet.

 

El inquieto Tivadar Puskás

Tivadar Puskas

En 1880 Nikola Tesla, quien que más tarde sería padre de la tecnología de corriente eléctrica alterna que hoy utilizamos, además de pionero de la radio y de infinidad de nuevas tecnologías, comenzó a trabajar en Budapest a las órdenes de Tivadar Puskás. Es muy conocido que, en esa estancia en la ciudad húngara, Tesla estuvo trabajando para la compañía de Puskás en el desarrollo de una central telefónica. Ahora bien, lo que no es tan conocido es que Puskás tenía en mente algo que iba mucho más allá de “simples” líneas de teléfono: deseaba ofrecer contenidos a sus usuarios.

Por desgracia en su tiempo no obtuvo gran reconocimiento y no ha sido sino hasta tiempos recientes cuando sus geniales ideas han empezado a perder el polvo acumulado con el tiempo. Tivadar Puskás, ingeniero húngaro nacido en 1844, sintió fascinación por la tecnología telefónica desde los albores de ese campo de la técnica. Además de ser el artífice de la primera red de teléfonos de Hungría, aquella en la que trabajó Tesla, también es el genio detrás de una idea que se adelantó a su tiempo: el Telefon Hírmondó.

Puskás había viajado por medio mundo estudiando la tecnología de su tiempo. Además, era todo un aventurero, viajando a Inglaterra para aprender sobre la tecnología de ferrocarriles, creando poco después una de las primeras agencias de viajes de la historia, siendo minero de oro en los Estados Unidos… hay que reconocer que era un tipo lleno de energía y pasión por la vida. La idea del teléfono flotaba en el aire, ya había diversas propuestas para llevar a cabo un aparato que permitiera la comunicación a distancia por medio de la voz y el hilo telegráfico, pero la patente de Alexander Graham Bell puso todo aquel mundo del revés. Fue entonces cuando Puskás buscó una alianza con Thomas Alva Edison para desarrollar redes de teléfono, siendo pionero en la idea de crear una central telefónica. La idea de Puskás tuvo éxito y pronto se extendieron sus centrales por Estados Unidos y Europa (la primera de aquellas centrales se instaló en Boston en 1877). Nunca dejó de perfeccionar sus centrales, llegando a plantear modelos de automatización que asombraron en su época.

Suscriptor del Telefon Hirmondo.

Ahora bien, alguien tan inquieto no iba a quedarse “sólo” en aquella idea. Puskás veía el potencial de las redes de teléfono para algo más que ofrecer hilos de conversación entre interlocutores distantes.

Su visión del mundo de las comunicaciones le llevó a imaginar un mundo en el que, a través del teléfono, se ofrecieran noticias, música, contenidos interactivos y personalizados… había nacido su idea de la central telefónica de contenidos, ideada para ofrecer todo tipo de programas a millones de personas, era su “Telefon Hírmondó” (Periódico telefónico).

 

Todo un mundo de contenidos a través del teléfono

Corría el año 1892 cuando Tivadar Puskás patenta en el Imperio Austro-Húngaro su tecnología para crear redes de contenidos ofrecidos a través del teléfono. Hay que tener en cuenta algo muy importante: pocos antes habían intentado algo similar y, por supuesto, la radio no existía y faltaban décadas para que se extendiera por el mundo. Además, para proteger su invención, registró la patente en otros países. En España, por ejemplo, consta en el Archivo Histórico de Patentes la que lleva por número 13.991 para un “…sistema de distribución telefónica de los acontecimientos del día”, que data del 23 de noviembre de 1892.

Su pasión por aquel proyecto hizo que dedicara grandes esfuerzos para pasar de la idea y la patente al mundo real, creando una verdadera red comercial de contenidos a través del teléfono que comenzó a distribuir programas el 15 de febrero de 1893. El experimento inicial contaba con apenas unas decenas de abonados, pero en pocos años llegó a tener miles. Por desgracia, aquel año de 1893 también fue el de la muerte del ingeniero, que no pudo ver cómo su genial invención tenía éxito. Su sistema fue el más conocido y duradero en cuanto a servicios de suscripción de contenidos por teléfono, una idea que había tenido algunos precursores más limitados, como los “teatrófonos” experimentales franceses nacidos en 1881 o los “electrófonos” ingleses.

Audición del Teatrófono

Centralita de Teatrófono

El Teatrófono francés

El Telefon Hírmondó se basaba en un modelo de negocio que no nos resultará ajeno (de hecho, guarda lejanas similitudes con sistemas de streaming actuales como Spotify o Netflix). El usuario necesitaba contar con un teléfono y acceso a una línea telefónica compatible con el sistema de centralitas del Telefon Hírmondó. Una vez abonado, el usuario podía elegir entre varios “paquetes” de programas, que eran gestionados por las centralitas. El pago se realizaba por medio de suscripción anual con pago mensual, lo que daba derecho a acceder a una gran variedad de programas. Eso sí, cada programa tenía su horario de emisión, como en una radio, por lo que si te lo perdías, no podías volver a escucharlo. Al suscribirse a aquel “periódico de voz”, el abonado recibía en su casa un aparato receptor que se conectaba a la línea del teléfono, así como unos auriculares para escuchar la programación. En aquella década postrera del siglo XIX hubo quien vio en todo aquello un peligro para los periódicos en papel. He ahí, por ejemplo, lo que publicaba el 18 de marzo de 1902 el español diario El Liberal, cuando nacía el nuevo siglo y el Telefon Hírmondó contaba ya con miles de suscriptores:

“…es el periódico del porvenir. (…) Creo firmemente en la próxima abolición del periódico, tal como existe hoy. Ya podemos concebir el momento en que, dadas las proporciones, cada día más grandes, del diario, y la densidad, a cada instante mayor, de sus columnas impresas con caracteres cada vez más pequeños, así como las necesidades sin cesar crecientes de la información, las hojas cotidianas morirán a manos de la concurrencia excesiva. Preciso es, pues, pensar en lo que reemplazará al diario escrito e impreso. Será el diario hablado, telefoneado, telefonografiado. Esta perspectiva es tanto más admirable cuanto a que está ya realizada, no en América, sino en Europa y, ¿quién lo diría?, en Hungría, en Budapest. El Telefon Hirmondo da, en efecto, a sus abonados un hilo especial por el que reciben noticias de última hora, telefoneadas por un multiplicador con la frecuencia necesaria. Esta es la cuna del periódico del futuro. La tipografía, las rotativas, los linotipos, todo lo actual parecerá, antes de que termine el siglo XX, viejo, pesado, sucio, complicadísimo. La instalación de los periódicos del mañana se reducirá a una red de hilos para comunicar con los suscriptores. Un locutor hablará ante un aparato especial y la clientela quedará servida a la vez en Londres, París, Berlín y provincias. Más que diario, será horario: tendrá emisiones como hoy se tienen ediciones, doce veces al día tal vez, según una distribución plausible de los acontecimientos del día, generalizados por la mañana, especializados al mediodía (deportes, tribunales, finanzas…) y por la noche consagradas a la crónica de teatros y placeres”.

 Aunque la radio todavía no existía, el sistema de emisiones de programación telefónica del Telefon Hírmondó se parecía bastante a lo que iban a ser los estudios de producción radiofónicos. El abonado elegía en la parrilla de programación el canal adecuado, o bien aquel por el que había pagado, y debía esperar a las horas adecuadas de emisión. La interacción, pues, se limitaba a elegir los programas al gusto y, también, a comprar productos anunciados en la red o a valorar la calidad de los programas. Los locutores en los estudios, elegidos por sus voces y capacidades dramáticas, eran acompañados por música en directo y, más tarde, por grabaciones en disco (algo así como un fonógrafo de disco de pizarra “conectado” a la línea telefónica, una idea experimental que tuvo sus problemas y que no pudo competir en los primeros tiempos del sistema con la música realizada en directo).

Concierto en directo del Telefon Hirmondo.

Contar con una suscripción a aquella red hacía que el abonado tuviera acceso a un mundo asombroso para la época (eso sí, el abono era relativamente caro, pero también lo era acceder a la red telefónica, cosa que no muchos podían permitirse. Según noticias publicadas en El mundo científico en 1901, el coste mensual de abono a la red de contenidos telefónicos era de unas tres pesetas). A través del terminal y de los auriculares, llegaba al abonado todo un mundo de noticias, deportes, debates, música, seriales con efectos especiales y, cómo no, anuncios de todo tipo. La prioridad era entretener e informar, e incluso a las doce del mediodía se emitía la señal “exacta” de la hora astronómica. Se crearon también revistas temáticas habladas y, en algunos hoteles, se ofrecía como servicio extraordinario, bajo un pago adicional, el acceso a la red en las habitaciones. En diversas secciones de la red también se podía elegir información local. La programación era conocida de antemano por parte del abonado gracias a la revista impresa que llegaba a su hogar puntualmente.

Emisiones del Telefon Hirmondo.

Cuando el siglo XIX finalizaba, el Telefon Hírmondó ya contaba con más de 15.000 suscriptores y sus redes equivalentes europeas y americanas comenzaban a extenderse. Sin embargo, la llegada de la radio comercial a partir de los años veinte del siglo pasado, hizo que el sistema perdiera atractivo. Las emisiones de la red del Telefon Hírmondó cesaron a finales de la Segunda Guerra Mundial, en 1944. Fue, sin duda, la red de contenidos telefónicos más exitosa de su tiempo y una precursora conceptural de lo que son los contenidos actuales en radio, televisión o Internet.

Reporteros del Telefon Hirmondo.

Una programación variada

Veamos cómo hubiera sido un día de entretenimiento según la parrilla de programación del Telefon Hírmondó, tal como publicaba la revista Electrón en Madrid el día 10 de septiembre de 1897:

  • 9,30-10 h. – Calendario, noticias de Viena, últimos telegramas, extractos de periódicos.
  • 10-10,30 h. – Cotizaciones de la Bolsa.
  • 10,30-11 h. – Revista y telegramas.
  • 11-11,15 h. – Bolsa.
  • 11,15-11,30 h. – Teatros, deportes y noticias locales.
  • 11,30-11,45 h. – Bolsa.
  • 11,45-12 h. – Parlamento y noticias internacionales.
  • 12-12,30 h. – Tribunales y política.
  • 12,30-13,30 h. – Bolsa.
  • 13,30-14 h. – Noticias.
  • 14-14,30 h. – Noticias locales y telegramas.
  • 14,30-15 h. – Parlamento y telegramas.
  • 15-16 h. – Bolsa, Parlamento y noticias meteorológicas.
  • 16-16,30 h. – Bolsa.
  • 16,30-17 h. – Noticias de Viena y revista económica.
  • 17-17,30 h. – Teatro, literatura, artes, deportes y modas.
  • 17,30-18 h. – Noticias y telegramas.
  • 18-18,30 h. – Revista de noticias.
  • 18,30-20 h. – Conciertos, espacios infantiles, sinfonías y ópera.
  • 20-22 h. – Revista de entretenimiento, conciertos, calendario y telegramas.

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